Agosto 28, 2007...8:47 pm

La des-animalización del humano como culpable de la destrucción medioambiental

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El ser humano es producto de la evolución de otro animal, como fue explicado en la teoría de la evolución de Darwin. El uso de las herramientas ayudó a que la humanidad desarrollara habilidades motrices e intelectuales, y en la aleatoriedad de la evolución seguramente salimos premiados con características evolutivas de alta adaptabilidad al medio.

Empezamos por ser una humanidad geocéntrica, pues realmente hacíamos parte de un todo y se nos recordaba constantemente nuestra condición de animales, pues competíamos con los demás seres por la supervivencia y el espacio. Hasta las primeras formas de religión institucionalizadas adoraban a los demás animales y el respeto por la armonía y la naturaleza eran eje central de las relaciones del humano con su entorno.

A medida que la humanidad se ha encerrado más en sus ciudades, como la polis griega protegida por una muralla, menor importancia se le ha dado al mundo por fuera de esa muralla, donde viven otros seres, incluso, otros humanos. De  aquí que al encerrarse el humano en sus murallas, y al tener cada vez menos contacto con el exterior, se fuera creando la idea de dominación, superioridad y homo centrismo. No sorprenden pues las guerras, la disminución del respeto por la naturaleza considerada como “diferente”, demostrada en eventos como  la esclavitud, el genocidio y la caza indiscriminada.

La religión dejó de ser geocéntrica para encerrarse en un homo centrismo debido a su extrañamiento de la naturaleza, pues dejó de ser parte fundamental de su diario vivir. De aquí que las comunidades indígenas no se hayan ensimismado tanto, y que aún conserven religiones donde el humano hace parte de un todo, y no es un todo al servicio del humano, como también lo conservan religiones asiáticas.

Y así se ha ido restringiendo la humanidad en sus “jaulas” de cemento, donde cada vez se le ha robado más espacio al resto del mundo, no sólo entendido en el sentido ya habitual de humanidad, sino del resto de la naturaleza existente. A medida que el mundo humano ha ido creciendo, el ser humano se siente más solo y extraño frente al mundo. Las murallas físicas se han desvanecido  en la inmensidad de las ciudades, y se han convertido en límites personales de la misma existencia propia individualista, aunque los límites nacionales quieran seguir siendo fuertes. Los espacios reducidos en los que deben vivir las personas, el trabajo enajenado y la menor importancia a la familia, han contribuido enormemente a la des-animalización del humano.

Lo que hace esta ostensible disminución gradual y cada vez más acelerada del capital social, es pasar de tener un humano pensando en comunidad, a tenerlo pensando sólo en si mismo y posiblemente en su círculo más inmediato. Podría dificultarse en este momento entender por qué Sócrates prefirió afrontar la pena de muerte y no al destierro. Es que el humano encontraba su realización en la comunidad, como parte constituyente de la misma,  ahora encuentra la “realización personal”, en términos de si mismo.

Así pues, la individualidad prima sobre la comunidad, impulsada por un esquema de capitalismo salvaje que sustituye los valores morales por los monetarios, donde el dinero deja de ser un fin para conseguir bienes y servicios que nos producen felicidad, para convertirse en un fin en si mismo, olvidando que lo que se puede obtener con él es lo que nos da beneficios y no su acumulación. La obsesión por el dinero es tan marcada en algunas sociedades, que los empleados ganan salarios exorbitantes atacando directamente su calidad de vida y sus posibilidades de felicidad.

Esta enajenación del humano de su entorno, de su condición de animal, de su esencia que busca felicidad y este individualismo cada vez más marcado en la historia, han hecho que buscando su propio beneficio, el humano justifique los medios arguyendo que es para  lograr su satisfacción personal, cuando realmente la felicidad no llega sin equilibrio. El mundo exterior le es ajeno y cuando ve a un animal, lo ve controlado por la humanidad, ya sea en una jaula, un zoológico, en corrales, o en una “divertida” y “artística” faena lo que es una fiel muestra de la pérdida del respeto por los animales, perfectamente aceptada, como algún día lo fue el circo romano.

Al volverse la inmensa mayoría de los otros animales exóticos para el humano, se ha estudiado su vida, y la curiosidad por conocer ese resto de mundo con el que estamos acabando,  ha hecho que se descubra una pequeña parte de ese mundo que asesinamos. Conociendo aprendemos a valorar y a respetar.

Aquí los medios de comunicación como medio de divulgación han jugado un papel fundamental en la divulgación de los conocimientos obtenidos y en la promoción del tesoro que pareciéramos ignorar. Existen varios canales dedicados únicamente a mostrarnos ese mundo que nos enseña, nos asombra, nos enternece y nos admira, sentimientos que nos llevan a cuestionar la abismal superioridad que el ser humano cree tener. Por ejemplo la tesis que los animales no piensan, que viene de pensar que el humano no es animal, ha sido revaluada y lo contrario ha sido probado. Los estudios nos han mostrado no sólo la maravilla[1] que lucha por compartir con nosotros la vida y el espacio, sino que nuestra misma egoísta existencia se ve amenazada por no conservarla.

La conciencia ambiental es creciente,  por esto diversas organizaciones tanto gubernamentales, como no gubernamentales y supranacionales que protegen el medio ambiente han sido creadas. Y es que la humanidad se ha dado cuenta que destruyendo el medio ambiente, se destruye a si misma, pues los recursos son limitados, y no casi ilimitados como se hubiera pensado hace unos años. Se está atentando contra el equilibrio del mundo, por ese extrañamiento del humano de su entorno, de la naturaleza y de su naturaleza. Por esto se hacen tantos convenios mundiales que lastimosamente no son cumplidos por todos porque la conciencia es pobre dado su sentido de superioridad, como versión micro del mundo macro anteriormente descrito.

NOTA: Algo que escribí en 2003


[1] Hasta el mayor superlativo se queda corto para describir su espectacularidad.

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